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8 de enero de 2026

¿POR QUÉ EL CINE ESTÁ ARRUINANDO LAS HISTORIAS DE STEPHEN KING?

 




No sé ustedes, pero, en lo que a mí se refiere, hace rato que no disfruto de las adaptaciones de las historias de Stephen King a la pantalla grande. Recuerdo que, hace algunos años, esperaba con ansiedad y entusiasmo esas versiones. Ahora, cada vez que anuncian un nuevo proyecto de filmación (y los anuncian demasiado seguido), me debato entre la indiferencia y el rechazo. ¿Es porque los libros me gustan más que las películas? No, no tiene que ver con eso, ya que los amantes de la literatura, entre los que me cuento, siempre (o casi siempre) prefieren los libros. ¿Entonces por qué me está pasando esto? Creo que la respuesta no está tanto en mí, sino en la industria misma del cine.

                Hubo y hay tantas películas, series y miniseries basadas en libros de Stephen King que dar una opinión general es imposible. O, al menos, es imposible ser justo al darla. Desde grandes producciones, como El resplandor (1980) de Stanley Kubrick, Misery (1990) de Rob Reiner y Milagros inesperados (1999) de Frank Darabont; pasando por muy buenas adaptaciones, como Cujo (1983) de Lewis Teague, Cementerio de animales (1989) de Mary Lambert y Maleficio (1996) de Tom Holland; hasta patéticas propuestas, como El fugitivo (1987) de Paul Michael Glaser, Corazones en la Atlántida (2001) de Scott Hicks y Ojos de fuego (2019) de Keith Thomas: nada queda afuera. Y los ejemplos podrían multiplicarse.

                ¿Qué cambió, entonces, en los últimos años?

                Voy a intentar responder esta pregunta. Es una hipótesis, por lo que la discusión queda abierta. En mi opinión, muchas de las últimas adaptaciones de la obra del maestro de Maine no sólo son malas, sino traicioneras. Sí, traicionan los libros que les dieron vida. Y no se trata de ser puristas y de afirmar que la película tiene que ser fiel (habría que discutir lo que eso significa) al original. Entiendo que el cine y la literatura son artes distintas, de naturaleza diferente y con reglas propias. De hecho, muchas de las mejores transposiciones no respetaron el final del texto, y no por eso fueron malas. Incluso, en algunos casos, esos cambios superaron al final dado por King. Pienso en La ventana secreta de David Koepp (2004) y La niebla de Frank Darabont (2007). Los cambios son inevitables (por algo se llaman “adaptaciones”), pero la cuestión estriba en que esos cambios no traicionen a la obra.

                Traicionar la obra… Esto es, creo, lo que está ocurriendo últimamente. Las modificaciones, los desvíos, incluso los guiños dejan un mal sabor de boca porque no se originan en una lectura personal y auténtica de la fuente, sino en una artimaña adrede para, al mismo tiempo, sorprender y agradar al espectador ya informado. No hay una apuesta artística, sino una manipulación calculada e interesada (y, como todo lo que se calcula a base de interés, tiende a salir mal). Un caso interesante es el de El resplandor, que mencioné antes. La película de Kubrick disgustó a King (él sí la vivió como una traición a su novela), pero no podemos decir que no sea una apuesta artística interesante, aunque cambie aspectos decisivos de la historia original. En la otra punta, tenemos La torre oscura, esa patética versión de la saga de King, llevada a cabo por Nikolaj Arcel en 2017. Adaptar una saga de siete libros (ocho, si contamos El viento por la cerradura) en una película de casi hora y media es, ya de por sí, imposible, y era de esperar que defraudara a muchos. Además, hacer de un protagonista icónico en su fisonomía (un Roland de Gilead que recrea a héroes como el Clint Eastwood de las películas del oeste) un personaje cuyo actor es todo lo opuesto a lo que el libro construyó (Idris Elba es hijo de padres africanos) vuelve a esta película un ejemplo de lo que muchos llaman hoy “inclusión forzada”. Si bien este tema ha dado mucho espacio para la discusión (pensemos en películas como Blancanieves o La sirenita, de Disney), no es algo que a priori me parezca repudiable. Hay personajes que no se ven afectados por el origen étnico de los actores que los encarnan, como es el caso de Mark Petrie en la última adaptación de Salem's Lot (2024), de Gary Dauberman, o de Peter McVries en la nueva película de La larga marcha (2025), de Francis Lawrence. En estos casos no hubo debate ni polémica. Pero en casos como el de Roland sí, y no por racismo, sino por un simple cortocircuito entre un personaje con una imagen que caló fuerte en el imaginario de los lectores y un actor que parece elegido para contradecir esa imagen.

                El problema fundamental de muchas de las adaptaciones de hoy es el siguiente: las películas basadas en historias de Stephen King están hechas pensando en sorprender a los fanáticos de sus libros. Entonces, los cambios en el argumento no nacen de una interpretación personal con miras a una mejora (aunque siempre discutible, claro), sino en un intento de descolocar al fanático que ya conoce la historia original. ¿Cuál es el resultado de esto? Se cambian cosas que no tendrían que cambiarse, que ya estaban bien y que funcionaban mejor antes. Por ejemplo (ALERTA SPOILER), cuando en la nueva versión de Cementerio de animales (2019), dirigida por Kevin Kölsch y Dennis Widmyer, muere el personaje de Ellie en vez del de Gage. En un principio, la consternación del espectador que leyó el libro es total (en ese sentido, el artilugio dio resultado), pero esa sorpresa da paso, después (y pronto), a la desilusión. Lo mismo podemos decir de La larga marcha, ya mencionada en este artículo (ALERTA SPOILER DE NUEVO). No me importó que el actor que encarna a Peter McVries, David Jonsson, sea afrobritánico (incluso, me gustó mucho su interpretación), lo que sí me importó (y me indignó, para qué negarlo) fue el cambio de final: el ganador de la larga marcha fue, es y será, siempre, Raymond Garraty. No pueden cambiar eso. No deben. Lo mismo que con Cementerio de animales, la sorpresa fue inmediata, pero la bronca la sucedió enseguida. En este caso, se trató de una verdadera lástima. La larga marcha es una buena película. Si no hubiesen traicionado el final del libro (y fue una traición, no hay dudas), se hubiese tratado de una gran adaptación del maestro.




                Como dije antes, hay muchos films “de” Stephen King, y muchos más vienen en camino. En mi opinión, Hollywood tendría que dejar un poco de nutrirse de la literatura y de hacer remakes (tema para otro artículo) y pagarles a los guionistas para que escriban sus propias historias. Recursos no le faltan. Pero si no lo hace, si continúa en su empeño de transponer obras literarias o de hacer remakes, si dentro de ese empeño los libros de Stephen King siguen siendo prioridad, entonces que las adaptaciones no busquen sólo sorprender a quien ya conoce el argumento original, porque esto lleva a hacer cambios donde los cambios no son adecuados, de la misma manera que no es adecuado regalar un ladrillo para un cumpleaños. De seguro va a haber una sorpresa, pero no una agradable.

 


23 de noviembre de 2025

EL CONJURO 4: Un final a destiempo





El matrimonio Warren, ya retirado, se ve envuelto en un nuevo y último caso: una familia, tras adquirir un espejo maldito, comienza a experimentar presencias malignas en su casa. Pero esto no termina acá. Lo que se esconde detrás de estas entidades tiene a su vez una vinculación con el matrimonio protagonista y, en especial, con su hija, Judy, una joven que heredó la capacidad perceptiva de su madre y que está a punto de casarse.

            Primero reacios a inmiscuirse en una nueva aventura, principalmente por la frágil salud de Ed, los Warren terminan aceptando por la insistencia de la misma Judy, quien por primera vez interviene en una de las misiones de sus padres. Poco a poco, el peligro irá escalando y la mencionada vinculación de la fuerza del mal con la familia Warren irá saliendo a la luz, llevándolos a todos a una contienda que, bien vista, representa la lucha interna de cada uno contra sus propios demonios.

La película está buena. Digamos que, si no se es demasiado exigente, cierra. De la dirección de Michael Chaves (que ya conocimos por La llorona y por El conjuro: El diablo me obligó a hacerlo) no podemos decir nada realmente negativo: es correcta, atractiva y suficiente. La fotografía de Eli Born (Compañera perfecta y Boogeyman) es, por su parte, impecable. Con la ambientación dieron en el clavo: nos llevan a ver una casa medio venida abajo (vieja, llena de humedad, con rincones oscuros) primero como acogedora y después como terrorífica. Finalmente, Patrick Wilson y Vera Farmiga son siempre queribles y carismáticos.

            Y, sin embargo…

            Sin embargo, la película no me llegó a convencer. Me pareció un poco más de lo mismo. Verla es como ver cualquiera de la anteriores, tanto de la saga principal como de las distintas ramificaciones. Lo conseguido por la primera, allá por el año 2013 y bajo la dirección de James Wan, quedó en el pasado. Ya no experimentamos la tensión de una historia fantástica que roza con lo real, sino el tedio de un argumento predecible hasta en sus más arriesgadas decisiones. Los sustos están, pero no asustan demasiado. La tensión se desvanece en cada cambio de escena. Las presencias se pasan gran parte del film jugando a las escondidas.

            En fin, podría cerrar diciendo que El conjuro 4 es una buena opción para pasar el rato y una digna conclusión de una saga que, en rigor, tendría que haber concluido antes incluso de haberse convertido en saga.

 

 ***

Título original: The Conjuring: Last Rites

Año: 2025

Duración: 135 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Michael Chaves

Guion: Ian Goldberg, Richard Naing, David Johnson

Reparto: Patrick Wilson, Vera Farmiga, Mia Tomlinson, Ben Hardy

Música: Benjamin Wallfisch

Fotografía: Eli Born

Compañías: New Line Cinema, Atomic Monster, The Safran Company, Warner Bros., Quebec Film and Television Tax Credit. Productor: James Wan. Distribuidora: Warner Bros.



16 de noviembre de 2025

FRANKESNTEIN de Guillermo del Toro: Otra historia, otro monstruo




Si la tomamos como una película argumentalmente independiente (que no lo es), se trata de un film aburrido. Si, por el contrario, la abordamos como una adaptación de la novela de Mary Shelley (y así la vamos a abordar en esta reseña), entonces es una decepción. Guillermo del Toro saca de su versión lo más interesante de la historia original. 

            Las adaptaciones no tienen por qué seguir las historias originales, ya lo sé. Pero sorprende cómo en este caso se decidió cambiar justamente lo que hizo destacable la novela de Shelley: la personalidad de Víctor, su motivación para hacer lo que hizo, las razones del rechazo a su creación, la relación con los miembros de su familia, el calvario en el que se convirtió una vida que podría haber sido idílica; y, con respecto al monstruo, el paso de su inocencia inicial a la más absoluta crueldad, el sufrimiento generado por el rechazo de un mundo que nunca llegó a conocerlo, su soledad absoluta, la decisión consciente de convertirse en alguien malo… Poco de esto ocurre en la versión 2025. Por el contrario, nos encontramos con un Víctor que tuvo una vida de porquería y nunca dejó de tenerla, que jamás nadie lo quiso lo suficiente, que odia a su creación más por celos que por principios, que es capaz de traicionar hasta al más cercano de sus seres queridos. Y el monstruo… El monstruo ni siquiera merece esa designación (algo que deja en claro la película): nunca alcanza la verdadera crueldad, el rechazo que sufre no se compara con la aceptación que llegó a conocer (de hecho, es más rechazado el creador que su creación). 

            En la novela de Shelley, Víctor es un hombre noble cuya ambición lo lleva a cometer el error de creerse un dios, error que pagará a lo largo de la historia sin perder, por eso, su nobleza de espíritu. El monstruo, por su parte, es una víctima que decide convertirse en victimario, conscientemente y hasta las últimas consecuencias. Ambos pueden ser comprendidos y por ambos se puede sentir lástima y rechazo. En la película de Del Toro, Víctor es un arrogante egoísta y el monstruo, una pobre criatura que nunca deja de serlo. 

            En fin, Frankenstein de Guillermo del Toro pasaría a formar parte de ese montón de películas (con la excepción, tal vez, de la versión de Kenneth Branagh) que convirtieron al monstruo más famoso de la literatura en otra cosa. No es para poner el grito en el cielo, pero tampoco para andar recomendando.

 

 

***

Título original: Frankenstein

Año: 2025

Duración: 149 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Guillermo del Toro

Guion: Guillermo del Toro. Libro: Mary Shelley. Historia: Guillermo del Toro

Reparto: Oscar Isaac, Jacob Elordi, Mia Goth, Christoph Waltz, Feliz Kammerer, Lars Mikkelsen

Música: Alexandre Desplat

Fotografía: Dan Laustsen

Compañías: Coproducción Estados Unidos-México; Double Dare You, Demilo Films, Bluegrass Films. Distribuidora: Netflix 




7 de junio de 2025

ESCRIBIÉNDOME, de Meli Nicolosi


 



        A veces, algunos libros llegan justo cuando uno los necesita. Este fue, para mí, el caso del poemario Escribiéndome, de Meli Nicolosi. En sus páginas, Meli desarrolla una idea de la literatura, en este caso de la poesía, que a mí no puede más que cautivarme: la escritura como una forma de (auto)indagación y de (re)construcción. A medida que el lector recorre los poemas, nota que la escritura es el espacio desde donde surge el propio “yo”, en tanto vacío y silencio que va tomando forma y expresión. Así, preguntar(se) desde la poesía, desestabilizar(se) gracias a la poesía, (re)fundar(se) por medio de la poesía se convierten en mandatos tanto vitales como estéticos.

       El poema aparece, entonces, como el lugar de la pregunta que no teme la respuesta, como el espacio de la libertad que no se ve atravesado ni por el tiempo ni las circunstancias, como la posibilidad de ser uno mismo sin la mirada ajena ni los miedos propios:

 

la inquietud del ser

la revolución de la conciencia

el caos en su mayor expresión.

sin moral, sin restricciones

sin miedos del qué pensaran

(…)

sin un mundo regido por el tiempo

que nos corre e intimida

sin ese peso que nos arruina la imaginación y

libertad

(…)

 

(“la inquietud del ser”)


        La poesía nos devuelve la libertad que los miedos y los prejuicios (propios y ajenos) nos arrebataron. Y no solamente eso. También nos devuelve la palabra cuando el silencio nos amenaza con incomunicarnos:


(…)

invento poesía que hable

de lo que yo no puedo,

(…)

 

(“invento”)


       Como se ve, la poesía es el recurso del que no puede comunicarse de otra forma. Y lo hace no desde la palabra en tanto tal, sino desde su utilización estética. En estos poemas no se confía en la invulnerabilidad de la palabra, sino que no se duda del poder de la escritura. No se trata de que digamos lo que sentimos, sino de que lo hagamos poesía. El poema, de nuevo, es el espacio donde lo que no puede ser dicho, lo impronunciable, se escribe:

 

escribí

escribí lo que no podía decir

-o no quería-

escribí lo que no me permitía sentir

lo que podía decir dentro mío,

pero lo que no salía en mi voz

las palabras

que me resultaban fuertes decirlas

pero no escribirlas

te escribí

porque mi boca no quería decir

escribí y existí

(…)

 

(“el arte de escribir(me)”)

 

       Por todo esto, me parece interesante el título Escribiéndome. Justamente, en este indagar, en este buscar por medio de la poesía, hay un construir(se) desde la escritura. Al tiempo que el/la poeta escribe, se escribe.

       Estas son apenas algunas cuestiones que se pueden leer en los cuarenta y nueve poemas que conforman Escribiéndome, de Meli Nicolosi. Son las cuestiones que me interpelaron a mí y que, de una manera bastante literal, me desarmaron. Les recomiendo el libro, que pronto saldrá publicado por Autores de Argentina y que ya se consigue en formato ebook por intermedio de la autora.


***

Sobre la autora: Meli Nicolosi nació en Berazategui, Buenos Aires, Argentina. Tiene 26 años y Escribiéndome es su primer libro de poesía. Amante de la fotografía y de capturar lo invisible, encuentra en las palabras otra forma de mirar el mundo. Este es su primer libro de poesía, nacido del deseo profundo de poner en palabras lo que a veces no sabemos cómo decir. Escribe desde las emociones, la memoria y el cuerpo, con la esperanza de que quien lea pueda encontrarse en sus versos, sentirse acompañado y un poco más libre. Cree en la poesía como puente, como refugio, como forma de estar cerca, incluso en la distancia e inventar lo que no existe.








2 de junio de 2025

RESURRECCIÓN: Gótico argentino




 

                Aparicio es un joven diácono que, a punto de ser ordenado sacerdote, decide ir a Buenos Aires para ayudar a los afectados por una epidemia de fiebre amarilla. Corre la Semana Santa del año 1871, y las causas de la enfermedad no son claras. Lo racional se mezcla con lo supersticioso hasta el punto de ver en los acontecimientos tanto un castigo divino como una consecuencia de la abundante inmigración. Aparicio, impelido por una visión mística, lo deja todo para darle una mano a quienes más lo necesitan. Sin embargo, no llega a su destino. En medio del camino, decide desviarse y pasar por la casa de su familia, una quinta llamada “El Paraíso”, donde vive su hermano con su esposa y su hija. Ese desvío será, en realidad, el verdadero destino de este inexperto religioso, que se encontrará con su antiguo hogar devastado, sus seres queridos agonizantes y un viejo criado, Quispe, cuidando del lugar, extrañamente sano.

                Resurrección es una película argentina de 2015, escrita y dirigida por Gonzalo Calzada (director de Luciferina y Nocturna). Los amantes del terror definitivamente tienen que verla. Se trata de un film que sumerge al espectador en un gótico onírico que no hace más que erizarle la piel y mantenerlo aferrado a la pantalla. La locación, las actuaciones, el ritmo, el recorrido narrativo, la resolución, nada queda por fuera de mi admiración.

Si todavía no la viste, no esperes más. Yo la encontré en Flow.

 

***

Título original: Resurrección

Año: 2015

Duración: 100 min.

País: Argentina

Dirección: Gonzalo Calzada

Guion: Gonzalo Calzada

Reparto: Patricio Contreras, Martín Slipak, Ana Fontán, Lola Ahumada, Vando Villamil, Adrián Navarro, Diego Alonso Gómez.

Música: Super Charango

Fotografía: Claudio Beiza

Compañías: Buffalo Films, Cinemagroup Producciones, La Puerta Cinematográfica



27 de abril de 2025

ANIVERSARIO 125 DE ROBERTO ARLT

 


Ayer, 26 de abril de 2025, se cumplieron 125 años del nacimiento de Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942). Es interesante pensar en cómo, hasta hace veinte o treinta años, Arlt era considerado uno de los escritores más importantes de la historia de la literatura argentina y su novela Los siete locos era señalada por los críticos como una de las mejores. Ahora, pocos hablan de él y casi nadie lo lee. Habría que preguntarse por qué.

La influencia de Arlt en mi vida fue considerable. Cuando era más joven, apenas un estudiante de Letras, me había hecho una tarjetita plastificada (que todavía conservo) con el comienzo de la aguafuerte "La sonrisa del político", publicada en el diario El Mundo el 20 de junio de 1930. En ella, a modo de apertura, Arlt le responde a un joven que le había escrito. Le dice: "Estudiante —Estudie y tenga esperanza que todo llegará a su debido tiempo. Cada vida está sometida a pruebas tan extrañas que sólo con voluntad y seguridad en sí mismo se puede sobrellevar el presente para llegar al futuro. No tenga miedo. El futuro es de los fuertes, nada más. Los que son débiles se hunden ¿entiende? Para triunfar se necesita saber soportar. A veces, toda genialidad no estriba nada más que en haber sabido esperar. Trabaje imponiéndose alegría. Cierre los ojos y dígase; debo trabajar; así sólo podré merecer todo lo que quiero y deseo".




Años después, cuando fundé junto a unos compañeros una revista, la llamé Sudor de tinta, en honor a una expresión del prólogo de Los lanzallamas.

A diferencia de otros escritores argentinos (tal vez más recordados), como Borges, Bioy o Cortázar, Arlt fue un hombre con una vida cultural y económica bastante adversa. De padres inmigrantes, creció en el barrio porteño de Flores, donde, ya de chico, tuvo que trabajar para ayudar a la familia. Fue expulsado de la escuela primaria y recién pudo concluirla a los 14 años. Su padre lo echó de su casa a los 16. Tuvo que seguir trabajando en tareas penosas para subsistir, al tiempo que vivía en conventillos. Leía todo lo que podía, y visitaba asiduamente librerías y bibliotecas. Prácticamente, todo parece haberlo hecho solo. Con el tiempo, y ya más grande, empezó a frecuentar tertulias literarias, en bares y en cafés. Finalmente, se le abrió el camino como periodista, llegando a trabajar para diarios importantes como Crítica y El Mundo. Al mismo tiempo, escribía sus cuentos y novelas. Siempre con la tenacidad y la prepotencia que le daban un pasado duro y un carácter férreo.

En su época, y más adelante también, fue muy criticado y resistido. Tal vez porque él nunca dio palmaditas al hombro de aquellos que debían juzgarlo. Tuvo contacto con los dos grupos literarios más importantes de la época, Florida y Boedo, pero no perteneció, en rigor, a ninguno. Era demasiado crítico como para formar parte de camarillas.

Murió joven, a los 42 años, de un paro cardíaco, cuando su figura como periodista había trascendido las fronteras del anonimato y su interés se centraba principalmente en el teatro.

El olvido en el que hoy está sumido es absolutamente injusto.

Hay que volver a Arlt.



5 de abril de 2025

ALGUNAS OBSERVACIONES SOBRE LA SERIE “ADOLESCENCIA”


RESUMEN: UNA PORQUERÍA

¡¡¡ALERTA SPOILER!!!




 

        Ayer terminé de ver Adolescencia, serie que vi tras recibir recomendaciones de gran parte de mis contactos y de una buena cantidad de compañeros (todos profesores de secundaria). Tengo que admitir que las actuaciones son brillantes y que, por momentos, me mantuvo expectante (especialmente en los tres primeros episodios), aunque finalmente la sensación que me deja y la conclusión a la que llego es que se trata de una porquería.

        A ver, voy a argumentar antes de que me salgan a pegar. No niego que la serie pone en escena algunos temas de importancia, que como sociedad debemos atender con urgencia (yo soy el primero, como profesor, pero también como padre, que insiste en que el exceso de pantallas y el aislamiento nos van a llevar a un lugar indeseado; mis hijos y muchos de mis alumnos pueden dar cuenta de eso). El problema con Adolescencia (mi problema con Adolescencia) es que, como serie, como trama, es mala. Abre puertas que no cierra, se propone como una historia profunda y es alarmantemente superficial, cuenta sin saber bien lo que cuenta y avanza sin tener ningún destino.

        Algunas cuestiones que la serie plantea y, finalmente, deja sin responder son (ACÁ EMPIEZA EL SPOILER):


- No se habla más del policía y de su hijo. Los múltiples problemas de uno y otro y de la relación entre ambos parecen solucionarse con la sola idea de ir a almorzar juntos.

- No se sabe qué pasó con el cuchillo (que nunca aparece). No sólo hay un asesino, Jamie, sino también uno o dos cómplices, que lo ayudan a esconder el arma homicida. De hecho, uno de esos amigos, Ryan, se muestra muy misterioso, termina confesando que es el dueño del cuchillo y lo terminan deteniendo. No sabemos qué pasa con él y cuál fue su verdadera implicación en el caso.

- No se sabe prácticamente nada de Katie, la chica asesinada. No, no se trata de culpar a la víctima, sino de conocerla. Cómo entender un asesinato si silenciamos e invisibilizamos a la persona asesinada.

- No se sabe qué pasó con Jade, la amiga de la chica asesinada. Esta chica, definitivamente, sabe más de lo que dice. Por eso golpea a Ryan. Esa información, sin embargo, nunca es expuesta.

- No se sabe qué pasó con los amigos del asesino. Todo parece indicar qué saben mucho, que de alguna manera participaron y que, después, ayudaron a Jamie. La serie no vuelve a hablar de ellos.

- No se sabe en detalle qué pasó entre Jamie y Katie en el momento del asesinato. De nuevo, no se trata de justificar a Jamie, sino de comprender qué pasó. Se habla de un asesinato, pero no sabemos nada de las circunstancias que lo rodearon. No sabemos si los implicados discutieron, qué dijeron, por qué se encontraron donde se encontraron, si fue casualidad o quedaron en verse, etc.

- No se muestra que Jamie haya tenido, en algún momento de su vida, episodios de conductas violentas. Sólo se lo muestra perder los estribos varias veces con la psicóloga, pero teniendo en cuenta el contexto (está encerrado desde hace 7 meses y va a ser juzgado por homicidio) me parece bastante natural que se enoje. Los adolescentes se caracterizan por reaccionar muchas veces de manera explosiva, pero eso no significa que sean violentos, golpeadores o asesinos. Es decir, no es una marca exclusiva de un homicida. De hecho, Jamie nunca agrede físicamente a la psicóloga y pide disculpas cada vez que grita.

- La peor de todas: te muestran una serie de comportamientos comunes de los adolescentes, como acostarse tarde o pasar mucho tiempo con la computadora, y los hacen pasar como indicadores de alarma que pueden derivar en un asesino. Claramente es una serie que busca pegar bajo y generar preocupación en el espectador adulto, cuando en realidad la psicología de un asesino es mucho más compleja, que requiere analizarse con responsabilidad y profundidad, sin desatender el contexto inmediato del episodio criminal, algo que la serie no aborda para nada. Te dan a entender (muchos de los espectadores lo entendieron así) que un chico que se queda hasta tarde con la computadora puede convertirse en un asesino. El problema es que la gran mayoría de los adolescentes lo hace, y no se andan matando de manera generalizada.


        Adolescencia muestra un caso excepcional (terrible, pero excepcional) y lo hace pasar como una normalidad. Por algo la serie se llama como se llama. No se llama Asesinato adolescente (una anomalía), sino Adolescencia (algo por lo que pasan todos). Es decir, se plantea como un retrato de la adolescencia actual a través de un caso excepcional del que, además, dice poco y lo poco que dice, lo dice mal.

        Lo afirmo una vez más: se trata de una serie hecha para pegar y generar inquietud. Con eso, por supuesto, busca espectadores, algo que sin lugar a dudas consiguió. Ahora, me entero de que muchos adultos están paranoicos, revisan los celulares de sus hijos y los monitorean constantemente. Esto seguro va a pasar y pronto volveremos a tener alumnos dormidos en las aulas porque se acostaron demasiado tarde (nunca dejamos de tenerlos, de cualquier forma).

        ¿Está bien que los padres cuiden de sus hijos y sepan qué hacen? ¿Está bien que se pongan horarios razonables para los adolescentes y se limite el uso de pantallas? ¿Está bien que se hable con los jóvenes y se atienda a sus inquietudes? Todo eso sí, está bien. Lo que no está bien es mirar a nuestros propios hijos o alumnos como potenciales asesinos. Eso no está bien, y no le hace bien a nadie.

        En fin, mi conclusión es que la serie Adolescencia toca temas de suma importancia, que tenemos que abordar desde las casas y desde las escuelas con premura y responsabilidad, pero lo hace mal. La serie, como serie, es mala. La historia que cuenta está mal contada. Las líneas narrativas se pierden. Ah, y el plano secuencia (algo del que todos se maravillan) para mí tiene trampa, además de ser extremadamente aburrido. Pero bueno, como suele decirse en la actualidad, sobre esto no tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas.